The Super Mario Galaxy Movie: mucho brillo, poco corazón (y eso duele más de lo que debería)
Hay algo medio incómodo en salir de The Super Mario Galaxy Movie y no saber si lo pasaste bien… o si solo estuviste mirando luces bonitas durante dos horas. Porque sí, es un espectáculo. Pero también, curiosamente, se siente vacío.
Venimos de The Super Mario Bros. Movie,
que ya jugaba fuerte la carta de la nostalgia, pero al menos tenía una
energía contagiosa, casi imposible de resistir. Acá, en cambio, todo es
más grande, más rápido, más ruidoso… pero no necesariamente mejor.
La animación de Illumination
sigue siendo un acierto total. Es vibrante, dinámica, llena de detalles
que hacen que cada planeta se sienta como un nivel desbloqueado de
Super Mario Galaxy. Visualmente, no hay mucho que reclamarle. De hecho, hay momentos en que uno quisiera pausar la película y quedarse a vivir ahí, flotando entre colores imposibles.
Y el elenco de voces… funciona, pero con matices interesantes.
Chris Pratt vuelve comoMario con soltura, Charlie Day mantiene a Luigi en ese caos entrañable, Anya Taylor-Joy sigue firme como Peach, y Jack Black como Bowser sigue siendo, sin discusión, uno de los puntos más sólidos de toda la saga.
Pero curiosamente, las nuevas incorporaciones son las que terminan levantando la película.
El Bowser Jr. de Benny Safdie encaja de forma sorprendentemente natural junto al Bowser de Jack Black,
logrando una dinámica que se siente fresca sin romper lo que ya
funcionaba. Y eso no es menor, considerando el talento desbordante de
Black como actor de voz.
Por su parte, el Yoshi de Donald Glover
es pura ternura. Funciona, encanta… pero queda relegado a un segundo
plano que sabe a poco. Como si la película misma no supiera cuánto jugo
podía sacarle.
Después aparece Glen Powell como Fox McCloud,
y de pronto todo se pone interesante. Su introducción, con una vibra
descarada al estilo Han Solo, es fácilmente uno de los momentos más
memorables. Llega, se roba la escena… y deja claro que hay personajes que merecían más espacio.
Y luego está Rosalina. O más bien, su ausencia disfrazada de cameo. Porque sí, Brie Larson
le pone cariño, se nota que hay amor por el material original… pero su
participación es tan pequeña que duele un poco. Especialmente
considerando el peso emocional que podría haber aportado.
Pero ahí está el problema de fondo: cuando la película intenta ser algo más, no se lo permite a sí misma.
Hay
una historia con potencial, momentos donde parece que va a detenerse,
respirar, construir algo con mayor peso emocional… y justo ahí, entra
otra secuencia de acción. Y luego otra. Y otra.
La necesidad constante de añadir espectáculo cada vez que la narrativa asoma la cabeza termina jugando en contra.
Lo que podría haber sido una evolución natural del universo Mario,
termina sintiéndose como una cinta de animación más, correcta, vistosa…
pero sin alma.
La
película avanza con fluidez, sí, pero una fluidez superficial. Todo pasa
rápido, demasiado rápido, como si tuviera miedo de aburrirnos un
segundo. Y en ese miedo, se olvida de algo clave: dejarnos sentir.
Porque cuando todo es estímulo, nada realmente se queda.
Al
final, lo que queda es una experiencia contradictoria. Sabes que hay
talento, sabes que hay cariño… pero también se siente una obsesión por
mantener la atención a toda costa. Y eso, irónicamente, le quita
impacto.
Muchos la van a disfrutar, sin duda. Es vistosa, reconocible, fácil de digerir.
Pero
para quienes esperaban algo más —algo con un poquito más de gravedad
emocional en medio de tanta galaxia— la sensación es de oportunidad
perdida.
Porque a veces, incluso en el espacio, no todo lo que brilla logra quedarse contigo.