Hay
algo muy distinto en el terror cuando lleva acento latino. No es el
mismo miedo de las mansiones victorianas o los slashers norteamericanos;
el nuestro huele a humedad, a superstición heredada, a callejón con
velas y a historias que se cuentan en voz baja para no invocar lo que se
menciona. Latinoamérica siempre ha sido terreno fértil para el
espanto —y sus directores lo saben—, mezclando trauma histórico,
folclore y una creatividad que ni el más pintado de Hollywood podría
imitar.
Por eso, cuando
se habla de los grandes nombres del terror, no solo hay que mirar hacia
Carpenter o Argento. También hay que bajar la linterna hacia el sur de
América y ver quiénes están moviendo las sombras.
Desde México no se puede empezar esta peregrinación sin Guillermo del Toro,
nuestro maestro de los monstruos tristes. En Cronos, Del Toro convirtió
un artefacto dorado en una maldición hermosa; en El Espinazo del
Diablo, los fantasmas tenían tanta humanidad que daban más pena que
miedo; y en El Laberinto del Fauno, mezcló el franquismo con criaturas
que podrían habitar cualquier sueño de Tim Burton… si Tim fuera latino y
supiera lo que es tener una abuela que te espanta con “el coco”.
Del Toro no solo dirige, también adopta monstruos, les da nombre y los vuelve símbolos de lo que tememos y amamos.
Es el nerd que logró ganar el Oscar con un romance entre una mujer y un
pez. Básicamente, el sueño de todo fan del horror romántico.
Pero México no se queda en un solo nombre. Carlos Enrique Taboada ya era el rey del miedo en los años 70
con joyas como Hasta el Viento tiene Miedo, El Libro de Piedra o Más
Negro que la Noche. Su terror era elegante, lleno de atmósfera y con ese
sabor a leyenda urbana que todavía resuena en las madrugadas del Canal
9.
Y del México clásico saltamos al moderno con Issa López, quien con Vuelven (Tigers Are Not Afraid) nos rompió el corazón y nos devolvió la fe en el terror con alma.
Niños huérfanos, fantasmas y balaceras: una mezcla imposible que solo
alguien con valentía narrativa (y una pizca de realismo mágico) podía
lograr.
En Buenos Aires, Argentina, el horror no se grita, se susurra. Y Demián Rugna es su mejor exponente. Aterrados (2017)
sigue siendo una de esas películas que te hacen mirar debajo de la cama
aunque vivas en un departamento sin cama. Rugna tiene esa habilidad
para que lo cotidiano —una sombra en la pared, un ruido en la ducha, un
cadáver que no se comporta como cadáver— se vuelva terror puro.
Y
como si no fuera suficiente, su siguiente obra, Cuando Acecha la
Maldad, nos metió de lleno en un infierno rural con posesiones,
superstición y una brutalidad que deja cicatrices. Si El exorcista
hubiera nacido en una granja argentina, sería esto.
Pero Argentina también tiene a los hermanos Luciano y Nicolás Onetti, que con Sonno Profondo y Francesca revivieron el giallo italiano a puro color neón, cuchillos brillantes y sangre vintage. Son como los Tarantino del susto, con estética retro y obsesión por el crimen estilizado.
Chile tiene su propio tono para el horror, uno que combina la poesía visual con el desasosiego existencial.
Ahí está Luciano Rojas y su Trauma, una pesadilla ambientada en los
traumas de la dictadura, donde la violencia humana es el verdadero
monstruo.
Y no podemos olvidar a Jorge Olguín,
pionero del género fantástico chileno, que con Ángel Negro (2000) y
Sangre Eterna abrió el camino para todo un movimiento de horror local
cuando nadie se atrevía a filmar demonios en Santiago. Y más
recientemente, Cristóbal León y Joaquín Cociña se metieron en el infierno animado con La Casa Lobo, una pesadilla artesanal en stop-motion que parece filmada por un demonio con vocación artística.
Colombia tiene su propio tipo de oscuridad, y Jaime Osorio Márquez la filmó magistralmente en El Páramo,
donde un grupo de soldados se enfrenta a algo invisible en medio de la
nada. Lo interesante es que nunca sabes si es un monstruo, una maldición
o simplemente la locura humana devorándolo todo.
Luego vino Camilo Restrepo, que con Los Conductos convirtió la violencia urbana en un delirio onírico. No
es terror clásico, pero su atmósfera inquietante y su simbolismo
surreal lo convierten en una de esas películas que te persiguen.
Incluso Centroamérica está comenzando a sacar sus propios sustos. En Guatemala Jayro Bustamante con La Llorona (2019).
No, no la de Hollywood con el jumpscare fácil. La de Bustamante es otra
cosa: una película que usa el mito más icónico del folclore latino para
hablar de la memoria histórica y el genocidio indígena. Aquí el
fantasma no solo llora por sus hijos, sino por todo un país. Es un cine político, bello y profundamente perturbador.
Brasil, tierra de colores, samba y… posesiones demoníacas. El director José Mojica Marins, conocido como Coffin Joe (Zé do Caixão), fue el pionero del terror sudamericano desde los años 60. Con su sombrero de copa y sus uñas imposibles, creó un universo propio lleno de herejías, cementerios y filosofía blasfema.
Décadas después, Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles retomaron la posta con Bacurau, un western distópico con tintes de horror que combina violencia, política y ciencia ficción.
Y si eso no es lo bastante perturbador, el corto Ninfa Bebê demuestra
que hasta el realismo brasileño puede tener un alma maldita.
Uruguay también
aportó su joya artesanal con La Casa Muda de Gustavo Hernández, filmada
en un solo plano secuencia y con más tensión que un hilo dental. Y
no olvidar a Fede Álvarez que saltó del cortometraje Panic Attack! a
Hollywood para dirigir el remake de Evil Dead y el implacable Don’t
Breathe.
Perú también ha entrado al juego con cintas como Cementerio
General y El vientre, que aunque comerciales, demuestran el apetito del
público por ver terrores que hablan su idioma.
Lo
cierto es que el terror latinoamericano tiene una firma: no le teme a
la poesía, al trauma ni a lo social. En nuestras películas, el susto
viene de lo que somos, de lo que heredamos, de esa mezcla entre lo
sagrado y lo profano que habita en las esquinas de nuestras ciudades.
Tal
vez por eso nos asusta más: porque lo reconocemos. Porque esas sombras
hablan nuestro idioma. Y porque, en el fondo, sabemos que en América
Latina, hasta los fantasmas tienen historia.