¿De qué trata el nuevo Conjuro?
Dirigida por Michael Chaves "El Conjuro: Últimos Ritos” nos llevará a 1986, donde Ed (Patrick Wilson) y Lorraine Warren (Vera Farmiga)
enfrentan lo que parece ser su último caso juntos. Esta vez, intentarán
expulsar un demonio de la casa de una familia en Pensilvania.
La
película se basa en el caso real de la familia Smurl, un expediente
bastante oscuro dentro de los registros paranormales de la pareja.
La saga El Conjuro se ha ganado un lugar sagrado en la cultura pop del terror moderno. Desde 2013, James Wan
(que también produce está cuarta entrega) levantó un imperio fílmico
que incluyó monjas demoníacas, muñecas de porcelana que nadie en su sano
juicio coleccionaría y hasta spin-offs que se multiplican como Gremlins
en navidad.
Últimos Ritos carga con la tarea más
pesada: darle un cierre digno a Ed y Lorraine Warren, y convencer al
público de que aún quedan sustos frescos sin repetir la misma fórmula de
“familia aterrada + casa oscura + jump scare con violines estridentes”.
Lo
primero que salta a la vista es que la cinta se siente más solemne,
casi como un réquiem. A diferencia de las entregas anteriores, aquí el
tono apuesta menos por la feria de sustos y más por un aire crepuscular.
Es como si el universo El Conjuro hubiera llegado a su Logan, su
capítulo final donde los héroes enfrentan no solo demonios, sino también
la sombra de todo lo vivido.
No significa que
falten los sobresaltos (¡tranquilos, fans del “Boo!”), pero se percibe
un esfuerzo por darle peso emocional a los Warren. La química entre
Wilson y Farmiga sigue siendo el verdadero corazón de la saga, ese
pegamento que ha hecho que incluso los más escépticos del género
regresen al cine a ver qué nuevo demonio les toca enfrentar.
Obvio,
uno no puede evitar hacer conexiones ñoñas. En el ADN de Últimos Ritos
uno puede encontrar reminiscencias de clásicos como El Exorcista (1973) y
Poltergeist (1982). También se siente la influencia del terror gótico
que tanto disfrutaba Hammer Films, con atmósferas cargadas y escenarios
que parecen más laberintos que casas.
Eso sí, el
guión no escapa de los clichés de la franquicia: el clásico “no entres
ahí” que todos gritamos desde la butaca, o ese inevitable plano en el
que la cámara se queda quieta porque, obvio, algo saltará a pantalla.
Pero al menos lo hace con estilo, como un mago que repite el mismo
truco, pero aún logra sorprender.
¿Originalidad?
Bueno, digamos que Últimos Ritos juega seguro, repite fórmulas
conocidas del universo Conjuro, pero lo hace con estilo.
Los
fans más fieles están divididos. Un sector celebra que la película se
atreva a cerrar con fuerza emocional, mientras otros sienten que le
falta ese toque innovador que una cuarta entrega debería arriesgarse a
tener.
Lo cierto es que, con Últimos Ritos, el
universo Warren llega a un punto en que debe decidir si dar realmente un
cierre o seguir estirando el chicle con más spin-offs. (Porque seamos
honestos, si Disney puede explotar cada centímetro de Star Wars, ¿qué
impediría a Warner seguir exorcizando vacas hasta dejarlas en los
huesos?).
Conclusión ñoña:
¿Vale la pena? Sí, definitivamente. El Conjuro 4: Últimos Ritos
puede no reinventar la rueda del terror, pero entrega lo que promete:
sustos sólidos, una narrativa que se siente como cierre (aunque en
Hollywood ya sabemos que nadie muere de verdad, ni siquiera las
franquicias) y, sobre todo, un homenaje a los Warren.
Los Warren dicen adiós (¿o hasta pronto?), y nosotros, los ñoños del terror, salimos de la sala con una mezcla de nostalgia, adrenalina y la sospecha de que en cualquier momento Annabelle va a parpadear desde el asiento de atrás.
Rating ñoño final: 3.8/5. 



