Decir la palabra remake en una junta
ñoña es como invocar a Cthulhu: siempre alguien se levanta, alguien
suspira, y alguien más grita “¡nada supera a la original!”.
Lo
hemos visto mil veces: películas que nacen modestas, incluso buenas en
su momento, pero que terminan opacadas por un remake que se convierte en
la versión definitiva. Y la comparación, claro, es inevitable.
Monstruos que evolucionaron
Un ejemplo claro es en 1951. The Thing from Another World
nos mostraba a un alien con pinta de luchador en disfraz barato. Era
entretenida, sí, pero 30 años después John Carpenter llegó con The Thing (1982)
y cambió las reglas: paranoia, efectos prácticos que todavía hacen
sudar, y un Kurt Russell barbudo que se volvió más icónico que el
monstruo mismo. La original pasó de ser cine de terror a “dato de
trivia”.
Y si hablamos de transformaciones, La Mosca (1958)
era pulp con mosca gigante y su tetrica "Help me!". Cronenberg en 1986
agarró esa base y dijo: “¿y si hacemos llorar y vomitar al espectador al
mismo tiempo?”. Jeff Goldblum se desintegró en una metamorfosis trágica
que convirtió lo kitsch en ópera grotesca. Puntos para el remake. Lo
mismo paso con la gelatinosa La Mancha Voraz en 1988 que tomó el
campamento inocente de la película de 1958 y lo transformó en una
experiencia grotesca, sanguinaria y sorprendentemente bien valorada, con
críticos que reconocieron que el remake entendía la esencia del
monstruo mejor que el original.
Terror con sangre fresca
Los Usurpadores de Cuerpos en
1956 era un clásico paranoico de la Guerra Fría, pero la versión de
1978 fue reconocida por la crítica como más oscura, perturbadora y con
un Donald Sutherland cuya expresión final todavía persigue pesadillas.
Algo similar ocurrió con El Amanecer de los Muertos de Zack
Snyder en 2004. La obra maestra de George A. Romero en 1978 era
intocable para muchos, pero los reseñistas terminaron admitiendo que el
remake tenía nervio propio, con un ritmo frenético y zombies veloces que
definieron a toda una generación de sustos. En la misma línea, Evil Dead
en 2013 convenció a la crítica con su brutalidad, tomando el tono
delirante de Sam Raimi y elevando la violencia a niveles viscerales que
dejaron al público boquiabierto. Lo mismo pasó con la miniserie It: El Payaso Asesino
de 1990 nos regaló un Pennywise inolvidable (Tim Curry), pero el resto
envejeció como VHS olvidado. La versión 2017 le dio producción de cine,
un Club de Perdedores entrañable y un payaso que traumatizó a toda una
nueva generación.

Gánsteres y policías con upgrade
El cine de gánsteres también tuvo su revancha con Caracortada.
La versión de 1932 fue pionera y valiosa para su tiempo, pero fue la
explosión ochentera de Brian De Palma y Al Pacino la que terminó
marcando a generaciones. Aunque al inicio la crítica la acusó de vulgar y
excesiva, con los años fue celebrada como un retrato despiadado del
sueño americano y se impuso en la memoria cultural, dejando a la
original como mera referencia histórica. En Heat (1995) se nota que es un remake encubierto: Michael Mann rehízo su propia L.A. Takedown
(1989) y la convirtió en el duelo definitivo De Niro vs. Pacino. Lo que
era un esbozo televisivo pasó a ser cine policial de referencia.
Otra es El Infiltrado (2006), aunque remake del thriller hongkonés Infernal Affairs
(2002), reventó taquilla, llevó a Scorsese al Oscar y popularizó una
historia que fuera de Asia habría pasado más desapercibida.
Y en el lado cool, Soderbergh nos regaló La Gran Estafa.
La de 1960 era más un club social del Rat Pack que una película con
ritmo. La del 2001, en cambio, tenía un Clooney en modo Batman redimido,
Brad Pitt comiendo en todas las escenas y una vibra de heist elegante
que aún se siente fresca.
La ciencia no tan ficción
La ciencia ficción vivió uno de sus renacimientos más notables con Dune.
El intento de David Lynch en 1983 es recordado como un caos confuso y
fallido, mientras que la versión de Denis Villeneuve logró lo que
parecía imposible: conquistar tanto a los fanáticos de la novela como a
los especialistas, que la recibieron como la epopeya visual y seria que
Herbert merecía desde siempre. Algo parecido sucedió con La Guerra de los Mundos
de Spielberg en 2005: aunque la versión de 1953 era histórica, los
reseñistas celebraron la crudeza, el realismo y la tensión emocional de
Tom Cruise corriendo bajo las máquinas trípode.
En el rincón comiquero, la batalla es épica: El Juez Dredd (1995)
con Stallone quitándose el casco (blasfemia máxima) fue un tropiezo que
los fans prefieren olvidar. En 2012, Karl Urban llegó con Dredd y no se lo quitó nunca: oscura, brutal, fiel al cómic. Victoria aplastante.
El cine es así: a veces la primera versión abre camino, pero el remake viene con mejor presupuesto, mejor timing y más carisma.
Por
eso, cuando alguien diga “nadie supera a la original”, basta recordar
que Carpenter, Scorsese o Cronenberg tienen pruebas sólidas de lo
contrario. Y si no, siempre queda la carta trampa: mostrar a Tony
Montana con un lanzagranadas. Fin de la discusión.